Microrelatos

Serendipia

Hace unos años, por casualidad, pasando los dedos por la rugosidad de un árbol del parque me encontré un trébol de 4 hojas.

Lo guardé en el armario de los deseos por pedir. No tenía tiempo de desear nada.

Claro, tan centrada como estaba en mi trabajo me olvidé de mis deseos, de mis amigos, de mis conocidos y del mundo que me rodeaba en general.

Total, los años pasan volando. La decrepitud me espera paciente al otro lado del parque sin hacer ningún tipo de ruido.

Pero no pasa nada. La vejez y la muerte están gravadas a fuego en nuestros genes desde el primer día en el que abrimos los ojos al mundo (que no a la realidad).

En el armario está mi alter ego. Cuando tenga un poco de tiempo lo visitaré para quitarle el polvo. Me da pena verlo tan quieto. Como si estuviera muerto. A veces, pienso que merecería un poco más de atención por mi parte.

Pero como el alter ego nunca se queja ni hace ruido ni se mueve ni nada… Pues es muy fácil olvidarse de él.

Le puse una mordaza hace muchos años para que no me delatara. No hacía más que hablar y hablar. Parloteaba sin descanso a todas horas con cualquier desconocido que le prestara un poco de atención. Patético, ¡pobre! No se daba cuenta. Tuve que silenciarlo.

 

También están allí, en el armario,  los pensamientos brillantes envueltos en ropas negras. Son como los canarios Glosten. Trinan demasiado. Cantan tanto que no hay quien los soporte mucho rato.

Además, dicen que si miras mucho rato fijamente a los ojos de los pensamientos brillantes te conviertes en piedra. Eso dicen. Aunque puede que sea otra de esas leyendas urbanas que corren por ahí.

No sé qué voy a hacer con todos los cacharros que voy acumulando en el armario. De allí pueden salir desde flores silvestres hasta besos robados.

El otro día cayó a mis pies un pensamiento de esos que tengo envueltos en trapos. Se rompió en mil pedazos. No lo supe interpretar una vez roto.

Por el suelo quedaron esparcidos trocitos de sonrisas y afectos, complicidades, miradas sinceras, contactos fugaces, música preciosa y algo que parecía un diamante en bruto (seguro que sólo fue un espejismo).

Suerte que soy una mujer organizada, decidida y resolutiva.

El mismo día del incidente del pensamiento roto, desmonté el armario y llevé todas las cosas a la planta recicladora.

Y ahora que he tirado todas esas cosas inservibles me ha quedado muchísimo espacio libre para vivir más confortablemente. Ambiente minimalista, creo que le llaman.

Parece una nimiedad pero es una de esas cosas que cuando las haces, te proporcionan una tranquilidad tan grande que marcan la diferencia clara entre un antes y un después.

Y me pregunto: ¿Quién quiere tener cosas guardadas en un armario pudiendo tener espacio libre?

Aunque cuando me acuerdo del trébol, sin querer, siento un poco de nostalgia pasajera.

Se me pasará.

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