Microrelatos

Fora de joc

No podia dormir perquè feia molta calor. Bé, perquè feia calor i perquè estava alterada.

Potser tenia calor perquè estava alterada, perquè calor… calor, realment no en feia. Gens ni mica, de fet.

Corria el mes de desembre i no podia deixar de pensar en un home que havia vist aquella tarda mentre comprava com una esperitada al supermercat del barri.

No era gens estrany que anés de bòlid. Sempre ho feia tot de pressa, com si l’empaitessin, com si no hi hagués un demà o com si tingués enganxat al cul un rellotge amb un compte enrere a punt d’esgotar-se.

Ella n’estava sempre, a punt d’esgotar-se. Des de que havia acabat els estudis i havia trobat feina a una empresa nacional d’embotits es passava el dia sense temps per fer gairebé res que no fos treballar, menjar, dormir i fer les tasques domèstiques. Les feines absolutament necessàries per viure, com per exemple sortir a comprar al supermercat.

Aquella tarda havia comprat nata muntada, xocolata desfeta, galetes de mantega, gelat de vainilla i xarop de caramel. No necessitava res més per fer-se unes postres delicioses per després de sopar aquella nit.

Però quan va veure passar aquell exemplar de l’espècie humana tan agradable va oblidar completament que havia planificat una vetllada, a soles amb ella mateixa, plena de glúcids que poguessin substituir la mancança de sexe que patia inútilment.

Era ben inútil patir per una cosa tan fàcil de trobar… o no? Allà mateix tenia una oportunitat única per establir contacte amb un humà de molt bon veure i per això no va deixar passar l’ocasió de compartir quatre paraules amb ell… de moment, només això.

Però quatre paraules són ben poca cosa. Aviat les va deixar anar, les quatre paraules:

  • Hola! Molt bona tarda!

El nano se la va mirar de fit a fit, amb una cara d’espontània jovialitat, com si no hagués vist mai una noia saludant-lo en un supermercat o com si s’hagués de cerciorar que aquelles paraules deixades anar al vol anessin destinades a les seves orelles.

Immediatament l’homínid va fer un gest inequívoc de  satisfacció i delit  mirant-la fixament als ulls. Tot seguit es va treure de la butxaca dels pantalons el seu telèfon mòbil d’última generació i li va fer una foto.

Ella va somriure en un gest après mostrant la millor versió del seu perfil.

Però, un pèl massa tard, va comprendre que l’home no l’estava pas retratant a ella sinó a la pila de llaunes de préssec en almívar que la noia tenia al darrere.

El personal del supermercat havia construït una figura gegant del Pare Noel amb llaunes de fruita confitada. Del sostre penjava un rètol que anunciava el producte amb la frase: “no facis el préssec, aprofita les nostres ofertes”.

supermercado

 

 

 

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Caída

Sentía un dolor punzante en la rodilla derecha, en la barbilla y en el cuello. El día antes se había caído en plena calle a las 11 de la mañana mientras se dirigía caminando a paso ligero hacia el centro médico de su distrito.

Aunque había parado el golpe con las manos y con la rodilla, el impulso de la caída la había tirado de bruces contra el pavimento y la había dejado tumbada boca abajo en el suelo con la mandíbula clavada en los adoquines de la plaza.

Había pedido hora en el médico para explicarle que hacía unos días que sufría dolores de cabeza muy constantes y se sentía agotada. No quería solicitar la baja laboral. Suponía que su doctor de cabecera le haría alguna analítica de sangre para comprobar su estado de salud general y con un poco de suerte le recetaría algún complemento vitamínico que la ayudara a tener más energía para afrontar su día a día.

Llegó al consultorio con la mandíbula y la rodilla inflamadas pero como llevaba en el bolso una botella de agua congelada, la envolvió en el fular que siempre se ponía “por si” (por si hace frío en el metro, por si tienen el aire acondicionado demasiado fuerte en el supermercado, por si acaso le apetecía usarlo en pleno verano en una ciudad mediterránea) y estuvo aplicándose el frío que desprendía la botella helada por encima de los golpes hasta que el sonido de su número de turno la avisó de que ya le tocaba entrar a visitarse.

– ¡Vaya, María!, ¿Otra vez te has caído, mujer?

– Sí. No ha sido nada. Se me torció el tobillo con un adoquín que sobresalía un poco más de la cuenta en la plaza. Yo venía por otro tema. Me duele mucho la cabeza y me siento un poco floja. Como si mi cerebro fuera un teléfono móvil y me estuviera quedando sin batería. He pensado que quizá debería tomar cápsulas de hierro o algún complemento con vitaminas del grupo B, aminoácidos y minerales.

– Bueno, ¡Primero tendremos que hacerte un análisis de sangre! ¿No te parece?

– Claro, claro. ¡Disculpa! Como los medios publicitarios nos bombardean con tanta  información farmacológica para prevenir la fatiga, una ya se empodera de criterio para creer que sabe todo lo que le hace falta en cada momento de su vida. Y tampoco es eso. Por eso he venido.

– ¡Exacto! Las empresas farmacéuticas intentan endosarnos sus productos a toda costa pero hay fatigas que se curan con otros medios. Es posible que estés perfectamente sana y que tu cuerpo simplemente necesite un descanso.

El médico de cabecera se tomó su tiempo para revisar a fondo a María y para hacerle preguntas importantes sobre su día a día, sobre sus preocupaciones y sus dolores de cabeza.

Acabó la visita enviándola a recepción para que le concertaran cita con la enfermera para hacerle una extracción de sangre y recogerle una muestra de orina.

María volvió a su casa con la certeza de que tarde o temprano sus dolores remitirían y se puso en marcha.

Eran muchos años haciendo las mismas cosas. La misma rutina de seleccionar los mejores productos del tiempo en el mercado, almacenar la compra, programar los menús semanales, ventilar, aspirar, sacudir las alfombras, sacar la basura, fregar el suelo, poner lavadoras, sacar la ropa limpia, tenderla, recogerla, doblarla, plancharla y guardarla en los armarios. Preparar comida, poner en marcha el lavavajillas, guárdalo todo en su sitio cuando estaba limpio y seco, fregar los baños, cambiar las sábanas y limpiar el polvo de los muebles.

Se organiza bien, se marchaba a trabajar de lunes a sábado durante 10 horas a una ciudad vecina, ponía gasolina, hacía la compra una vez a la semana, se ocupaba de las tareas administrativas de la gestión del hogar y aprovechaba cualquier hora que le quedaba libre para leer novelas policíacas.

Aquel verano en la ciudad se estaba haciendo especialmente largo y caluroso. La primavera había traído pocas lluvias. El viento del desierto que subía del sur había ensuciado los tejados de las casas, las plantas y los árboles. Había plagas de bichitos diminutos que infestaban cualquier cosa que quedara a la intemperie en las calles y en los balcones. La humedad y el calor habían propiciado la proliferación de insectos nocturnos que ya se podían encontrar por cualquier parte a plena luz del día.

María había desinfectado los balcones y las ventanas con toda clase de productos detergentes y pesticidas pero no acababa de deshacerse por completo de aquellos malditos bichos.

Aquella noche se metió en la cama más temprano de lo habitual. Necesitaba cerrar los ojos y descansar. Al cabo de pocos minutos un sueño profundo la invadió y la llevó hasta otro mundo.

Literalmente. Para siempre.

La mujer que despertó por la mañana no sabía dónde estaba, qué hacía en aquella casa ni quién era aquella persona extraña que la miraba directamente a los ojos desde el otro lado del espejo.

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Laura

Era viernes a primera hora de la mañana. El día recién levantado olía a verano. Por la ventana abierta se filtraban los rayos del sol matutino. Un despertador vibraba encima de una mesita de noche cargada de libros pendientes de leer.

Laura abrió los ojos despacio, pero ya notaba el corazón acelerado. De camino al baño puso en marcha la radio y una canción con mucho ritmo la empujó a caminar de prisa con las primeras notas de esa melodía que le transmitía tanta vitalidad. Mientras se desnudaba para meterse en la ducha evitó su imagen en el espejo y dejó caer el pijama en el suelo con un suspiro resignado y una repetición positiva: “¡ánimo bonita!”

La ducha caliente le abrió los poros de la piel y llenó de aroma de vainilla la habitación.

Mientras se dirigía a la cocina, envuelta en una bata blanca de algodón, iba abriendo todas las ventanas.

Ya en la cocina, abrió el grifo del fregadero y colocó la regadora debajo del chorro para llenarla de agua mientras prendía uno de los fogones para preparar el café. Puso la cafetera a fuego lento, cerró el grifo, cogió la regadora con la mano derecha, agarró una taza de leche que metió en el microondas con la mano izquierda y salió al balcón a regar todas las macetas con flores medio muertas que se alineaban colgadas en la baranda de hierro forjado.

Cuando acabó de regar, el aroma a café ya inundaba por completo la cocina. Soltó la regadora y dispuso la mesa de la cocina para desayunar. Se preparó un bocadillo de tortilla de espinacas con pan de cereales y se sirvió un café con leche.

Estaba a punto de clavarle el diente al bocadillo cuando sonó un aviso desde su teléfono móvil.

Era Carlos, que le preguntaba mediante la mensajería instantánea del móvil  si podía llamarla por teléfono en ese mismo momento.

De pronto dudó. No tenía ningunas ganas de hablar con él antes de desayunar pero la doble aspa de color azul ya le había indicado a Carlos en su móvil que ella había leído el mensaje.

Así que tomó la decisión rápida de escribirle:

  • Estoy entrando en la ducha. Te llamo en 30 minutos.

Se notó un poco rígida, así que respiró hondo y empezó a comer con el pensamiento puesto en el límite de tiempo que ella misma se había impuesto.

Se recriminó a sí misma el hecho de no haber sido sincera con Carlos. Cuando sonó el aviso en su móvil había tenido muchas posibilidades de reacción. Podía haber obviado el sonido y seguir con su rutina de cada mañana. Podía haberle explicado a Carlos que estaba desayunando. Podía haberle dicho que estaba tranquila y que no le apetecía  hablar con él.

Pero si hubiera obviado el sonido hubiera sido acusada de inconsciente “-¿Y si tuviera que contarte algo grave?, ¿para qué tienes un móvil, si nunca lo miras?”; Si le hubiera dicho que estaba desayunando hubiera tenido que escuchar  algo parecido a: “yo no te he preguntado si estás desayunando, además, ¿No puedes hablar mientras desayunas?”; Y si le hubiera contestado que no le apetecía hablar con él, la reacción hubiera sido tan imprevisible que ni siquiera se atrevía a imaginar la posibilidad de responderle con la verdad.

Así que se comió el bocadillo a mordiscos rápidos, se bebió el café con leche de un sorbo y se tumbó en el sofá a esperar que pasaran unos minutos de margen antes de llamar por teléfono.

Se levantó de un salto, apagó la música, estiró las sábanas de la cama, puso un almohadón blanco apoyado en el cabezal y marcó el número de Carlos.

  • Dime Carlos, ¿Que querías?
  • Hola Laura. No quería nada. Sólo tenía ganas de escuchar tu voz y de decirte que te quiero mucho y que te echo mucho de menos.
  • Gracias
  • ¿Gracias?, ¿Por qué?
  • Por quererme mucho.
  • ¡Uuuui! Ese tono… A ti te pasa algo.
  • No me pasa nada
  • Sí, sí. A ti te pasa algo y no quieres contármelo. Que te conozco demasiado. ¿Ya has estado hablando con tu amiga Clara?
  • No, qué va. No he hablado con Clara. Estoy bien. Me acabo de levantar. Estaba escuchando música.
  • ¿No me has dicho que te estabas duchando?
  • Sí, bueno… Las dos cosas. Me estaba duchando con la música puesta.
  • ¿y tú?, ¿tienes ganas de verme?
  • Si
  • ¡Ui! Ese sí ha sonado un poco seco. ¿Seguro que tienes ganas de verme?
  • Sí, yo también tengo ganas de verte. Voy a desayunar y saldré a comprar algo de verdura. ¿Te apetece algo especial?
  • Ya sabes que a mí la verdura, cuanta menos, mejor.
  • Bueno, si necesitas algo me envías un mensaje. Estaré en el hipermercado del centro.
  • Nos vemos por la noche. Te quiero mucho.
  • Yo también te quiero mucho.

 

Colgó el teléfono con la certeza de que aquella no sería la última llamada de la mañana aunque intentó seguir con su rutina interrumpida.

Deshizo la cama en un arrebato, quitó las sábanas y las metió en la lavadora con el resto de ropa blanca. La colada estaría limpia en 60 minutos. Recogió la mesa de la cocina, metió todos los cacharros sucios en el lavavajillas y lo puso en marcha. Estaría todo limpio en 30 minutos.

Sacó la aspiradora del armario de la cocina, aspiró toda la casa y puso una olla de agua en el fuego para fregar el suelo con agua hirviendo y lejía.

La siguiente tarea era tender la ropa, sacar los cacharros del lavavajillas, guardarlo todo en su sitio y guisar alguna cosa para comer.

Con la comida a fuego lento en el fogón, le dio tiempo a fregar los baños, quitar el polvo de los muebles del comedor, del recibidor y de su habitación.

Ya sólo faltaba conducir hasta el Hipermercado donde compraría verdura, fruta, algo de carne, boquerón fresco, huevos para preparar una tarta de cumpleaños y 6 garrafas de 8 litros de agua mineral para abastecerse de agua pura durante una semana.

De camino al supermercado hizo una parada para llenar el depósito de gasolina del coche, pasó por la oficina de correos a recoger un paquete, entró en la farmacia a comprar paracetamol y pasta de dientes con flúor para encías sensibles y recogió una barra de pan de la panadería del barrio.

De regreso a casa tenía en el móvil tres llamadas perdidas de Carlos y un mensaje en el contestador que le decía que no se olvidara de pasar por correos, por la farmacia y por la panadería.

La mañana pasó volando y cuando llegó por fin a casa y cargó con la compra hasta la despensa cayó en la cuenta de que no había bebido ni un sorbo de agua en toda la mañana.

Le dolía la cabeza y tenía la boca seca.

Se bebió un vaso de agua, se sirvió un plato la comida que había guisado por la mañana, puso en marcha el televisor y se sentó con la espalda curvada delante del plato para almorzar  deprisa escuchando las noticias.

Se levantó de la mesa en 15 minutos. Salió al balcón a recoger la colada de ropa blanca. Dobló y planchó cada pieza, la colocó en los armarios y entró al baño a lavarse los dientes y arreglarse un poco para ir al trabajo.

Mientras ella conducía hacia el sur con destino al trabajo, él conducía hacia el norte con destino a casa. Algunos días,  se cruzaban por la carretera y se saludaban con un beso lanzado al aire.

Carlos llegaba a casa y después de comer se tumbaba un rato a hacer la siesta. A las 4 en punto se preparaba para ir al gimnasio, dónde ejercitaba su cuerpo con constancia tres veces por semana. A veces leía algún libro, escuchaba música y esperaba a que Laura volviera de trabajar.

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Poesia

Poema distant

Deixar-me anar sabent que m’agafes.

Pujar al teu cel sempre que m’abraces.

 

Espurnes felices que vessen esperança.

Moments fugaços plens de confiança.

 

Horitzó seré que dibuixo cada dia,

Trencat pel silenci d’una dolça melodia.

 

Però a la penombra del dubte, temo.

Al sol de la teva ombra,  em cremo.

 

L’albada lluminosa porta emocions debades

En un racó, desesperat, el cor es revolta i calla.

Les paraules presoneres, queden closes i atrapades.

Sonen buides i cegues, incertes i falses com morralla.

 

Jo pensava que la flama de l’amor seria eterna.

I ara sola, a la gola d’aquest pou,

només cerco una lluerna.

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