Microrelatos

Ana

En el centro de una historia siempre hay un motivo que la impulsa a existir. Es una canción silenciosa que fluye lentamente sin cesar durante toda una  vida. Una música cambiante que se acelera y sube en crescendo para bajar estrepitosamente hasta los confines de la propia consciencia.

Justo en el corazón de cada vida hay una causa que ocasiona un efecto.

Y en mitad del relato personal de Ana hay un espacio vacío lleno de estancamientos y puntos muertos que deja de lado porque no tiene manera de comprender.

La balanza emocional de Ana parpadea atónita cuando piensa que ha desaparecido.

Ausente de ella misma se pregunta dónde está la persona que fue un día.

Y mientras se desvanece sin dejar ningun vestigio de su ser, cierra los ojos para imaginar cómo va a germinar desde su desolación un brote verde de esperanza que la empuje a renacer.Playa

 

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Eulalia

Eulalia se despierta con los pies fríos. Hace días que una angustia delirante la desvela en plena noche.

La mujer se abraza el cuerpo y encoge las piernas arremolinando las sábanas para intentar serenarse y confortarse. Su corazón acelerado por el miedo late con fuerza pero ella sopla despacio para vaciar sus pulmones de aire e inspira para llenarlos de oxígeno nuevo. Se mece moviendo el torso y las caderas emulando el movimiento oscilante de los brazos de su abuela, que la acunaba con dulzura cuando era una niña.

De su imaginación emerge una voz suave que le repite con ternura un mantra tranquilizador: “Te quiero Eulalia, descansa tranquila, yo estoy contigo esta noche, todo está bien”.

Pero la noche es muy oscura y sus pensamientos la atormentan.

Al cabo de unos minutos interminables se levanta intentando no hacer ruido. El pánico le ha provocado una sudoración tan abundante que ha empapado su pijama de algodón y siente la necesidad de ducharse, pero no quiere despertar a su marido, que duerme tranquilo a su lado.

Así que sale de la habitación de puntillas y se dirige al sofá del salón para envolverse en una manta y tumbarse unos momentos con la ventana abierta.

Luego se dirige a la cocina y se calienta una taza de leche en la que disuelve dos ansiolíticos que no tardarán en hacerle efecto.

Vuelve a la habitación y abre con cuidado el segundo cajón de la cómoda, de dónde saca a oscuras un pijama limpio que huele a suavizante y a placidez.

Una vez que se ha cambiado se acuesta en la cama y se acurruca abrazando una almohada con los brazos y con las piernas.

Los somníferos se apresuran a actuar sobre su sistema nervioso central y Eulalia empieza a respirar pausadamente sintiendo el calor confortable de la funda nórdica que cubre la cama, notando la esponjosidad del almohadón de plumas en el que apoya la cabeza, oliendo el perfume agradable que desprende su pijama, percibiendo cómo sus músculos se relajan.

Finalmente cae en un sueño profundo sin pesadillas que a la mañana siguiente ni siquiera recordará.

 

Estatua

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Aprendiendo

Un libro gigante irrumpe ante su mirada asombrada. Las duras cubiertas de cartón se le clavan en el lóbulo temporal y automáticamente relaciona el objeto con el disgusto.

Hoy es sábado por la mañana. Los niños normales salen con sus padres a jugar al parque, a comprar churros con chocolate, a pasear por el centro de la ciudad, a visitar a los abuelos, a correr por la montaña, a recibir la luz del día.

Pero Sancho no es un niño normal porque su progenitora se ha propuesto ser la mejor madre que un hijo pueda tener.

Sancho tiene 3 años y muchos deberes. Tiene la obligación de leer cada día, masticar la comida muchas veces antes de tragársela, pegar una estrella verde en el calendario cuando se acaba absolutamente todo lo que tiene en el plato y una estrella roja cuando no ha podido comérselo todo. Debe sentarse en el sillón de pensar cuando tiene ganas de llorar y por supuesto duerme sólo en su habitación desde los primeros días de vida.

Pero no todo son obligaciones en la vida del retoño. Puede sentarse delante del televisor para ver programas educativos durante media hora al día. Se le permite dibujar y colorear en su cuaderno de actividades extraescolares durante un par de horas a la semana. Lo dejan salir al jardín un ratito para que corra y se desbrave todos los sábados por la mañana.

La mujer lo tiene todo calculado y por eso está segura de que la férrea disciplina que utiliza con Sancho la conducirá directa al éxito.

La madre de Sancho es una buena persona. Ella también necesita tiempo para aprender a ser una buena madre.

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Daniela

Tenía una casita cerca del mar. Cada verano se instalaba en ella para pasar los meses cálidos disfrutando de la playa y del sol. Por las mañanas salía temprano a comprar pan, verduras y fruta fresca. Después nadaba durante un buen rato y paseaba por la cala recogiendo conchas hasta que el sol empezaba a quemar demasiado.

Cuando acababa de comer leía libros de poesía, preparaba compota de verduras, escribía cartas a sus amigos, disponía adornos florales para alegrar el ambiente, tejía piezas de lana para el invierno, bordaba ornamentos de colores en sus confecciones, diseñaba ropa, practicaba bricolaje, creaba perfumes, cosía redes de los pescadores, escribía relatos cortos, decoraba la casa, plantaba flores o pintaba cuadros a la sombra del porche.

Por la tarde salía de nuevo a pasear por el pueblo costero lleno de tiendas de recuerdos y de rincones preciosos repletos de encanto. Muchas veces se llevaba la cámara de fotos y retrataba con su mirada experta cualquier cosa que le llamaba la atención.

Después de cenar recorría el paseo marítimo a buen ritmo y ya de vuelta se sentaba en una heladería que ofrecía un sinfín de sorbetes de fruta de sabores deliciosos a todos los clientes que hacían cola y esperaban pacientes su turno para ser atendidos.

Al cabo de unos años acumuló tantos cuadros, tantas cartas, tantas fotos, tantos adornos, tantos muebles, tanta ropa, tantas fragancias, tantos relatos y tantas flores que empezó a perder el interés por las cosas.

Al principio no se dio cuenta porque todo sucedió de una manera gradual y progresiva. Un buen día dejó de hacer fotos porque no le cabían más álbumes en sus estanterías ni le cabían más estanterías en las paredes de la casa.  Cuando se dio cuenta de que sus diseños se parecían mucho los unos a los otros perdió el interés creativo. Tuvo la idea de comprar comida cocinada para no tener que pasar tantas horas delante de los fogones. Dejó de regar el jardín y no plantó más flores. Regaló los cuadros a sus vecinos porque había pintado tantos mares que tenía la sensación de ahogarse en ellos. Abandonó el hábito de nadar. Desistió de salir por las noches. Cada día se sentía más cansada al despertar por la mañana. Olvidó el nombre de sus amigos. Desatendió la casa. Abandonó el hábito de arreglarse. Omitió sus emociones. Negó su talento y se arrinconó sin consuelo en su habitación con las persianas bajadas y las cortinas echadas.

La mujer que una vez vivió en aquella casita de verano tenía un nombre que a base de no ser pronunciado se borró para siempre como las pisadas de las gaviotas en la playa.

Playa

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