Microrelatos

Ficción

Acababa de mentir sin dudar a Clara, una mujer que siempre había sido amable con él.

Total, una dependienta no era una amiga, aunque llevara toda una vida vendiéndole el café molido en el colmado de ultramarinos “La confianza” que presumía de ser el más antiguo de la ciudad.

Salió de la tienda con una sonrisa en la boca y con la sensación del que se sabe triunfador. Del que nunca pierde porque nunca arriesga.

Algunos pasos más lejos seguía dándole vueltas a su conversación con la mujer. Entonces se sintió algo tenso y un poco impaciente, pero siguió caminando con el paso firme en dirección a su casa.

La mujer se quedó sola en su colmado. A medio día y con el calor sofocante del verano no tenía muchos clientes.  Pensó en salir a la calle tras los pasos de Pedro. Pero cuando se acercó a la puerta y vio de lejos los andares garbosos de aquel hombre que la visitaba cada semana sin faltar ni un día a su cita, algo la detuvo.  Incapaz de dar un paso adelante se rindió antes de intentarlo.

A Pedro le gustaba hablar con Clara porque lo escuchaba atentamente mirándole a los ojos sin disimular su admiración por él.

Clara miraba con interés a Pedro sin escuchar ni una palabra de lo que le estaba explicando, completamente absorta en aquellas pupilas que le hablaban sin filtros. Atónita ante tanta incongruencia entre lo que le contaban sus ojos y lo que decían sus palabras.

Aquel día contuvo el aliento porque, por un segundo, pensó que había llegado el momento de sincerarse con aquel ser humano que se esforzaba tanto por mantener la sonrisa, las apariencias y su disfraz de persona normal.

Acababa de tomar la decisión de seguir con aquel artificio guiada por su sentido de la compasión. Total, un cliente no era un amigo, aunque llevara toda una vida comprándole café molido en el colmado de ultramarinos “La confianza” que presumía de ser el más antiguo de la ciudad.

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