Microrelatos

Instantes de felicidad

Banco delante de un estanque

Banco delante de un estanque

Era domingo por la mañana. El sol lucía precioso en un cielo azul intenso tan hermoso que sumergía el paisaje en una especie de irrealidad.  Fran y Laura paseaban cogidos de la mano por el parque más bonito y luminoso de  la ciudad. Se sentaron en un banco rodeado de rosales en frente de un estanque dónde una multitud de pececitos de colores nadaban alegres buscando miguitas de pan.

Era domingo por la mañana. Una nube huidiza pasó por delante del sol durante unos segundos. Fran y Laura tenían muchas cosas que contarse, pero Laura sacó su teléfono móvil del bolso para hacer una foto al paisaje perfecto que tenía ante sus ojos.

Era domingo por la mañana. El viento soplaba con fuerza mientras unas palomas grisáceas revoloteaban cerca del estanque. Fran bajó la mirada buscando las palabras adecuadas para romper el hielo mientras Laura retrataba el momento.

Era domingo por la mañana. El suelo empezó a temblar bajo sus pies mientras las palomas salían volando y los monumentos del parque se desplomaban como si estuvieran hechos de loza fina. Laura había capturado un instante mágico.

Era domingo por la mañana. Un terremoto de 8,5 grados en la escala Richter con epicentro en el parque había sacudido durante 10 segundos toda la ciudad y los pueblos colindantes dejando a miles de damnificados sin hogar.

Era domingo por la mañana. Fran había desaparecido bajo la tierra engullido por una grieta negra de 20 metros que llevaba directa al infierno.

Era domingo por la mañana. Laura, sentada en el banco de madera delante del estanque,  había tardado unos segundos en retocar la foto y publicarla en Instagram, Facebook yTwitter. Sus dos millones de seguidores habían tardado apenas unos momentos en darle a “like” reaccionando de inmediato ante la belleza de la instantánea perfecta.

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Meses

PetxinesAbril aguas mil aconteció tan deprisa que ni siquiera vio la lluvia caer mientras se mojaba.

Mayo trajo las flores y las soltó desatendidas en la puerta porque tenía otras cosas que hacer.

Junio transcurrió sobrevolando una piscina azul con hierba verde, pero no se detuvo a oler el campo.

Julio llenó de lava el infierno.

Agosto se desintegró.

Septiembre  fue engullido por una agenda inquietante.

Octubre barrió la hojarasca arrancando de cuajo las raíces de los arbustos más débiles.

Noviembre  adecentó su aspecto y quiso salir a la calle.

Diciembre brilló fugazmente en vano.

Enero se calzó unas botas de montaña rusa y se descolgó por un atolladero.

Febrero respiró nieve y se metió en un agujero.

Marzo perdió la noción del momento  y de dejó caer despacio. Porque no tenía tiempo de desplomarse apresuradamente. Y así, tumbado en el suelo, abatido, decaído, desalentado, agotado y postrado, leyó un libro de autoayuda para no sentirse tan despreciable, envilecido, abyecto, ruin y miserable.

Pero se levantó de un salto porque comprendió, de pronto, que tenía la llave de su felicidad en las manos.

Dejó las drogas y el alcohol.

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