Microrelatos

Ceder el espacio

lagoLa fiesta duraba demasiado. Los invitados iban por la enésima copa y el ambiente cargado de sudor empezaba a molestar.

  • Nadie está a salvo en este antro, ¿verdad?
  • ¿A qué te refieres?
  • Bueno, que si tuviéramos que conducir de vuelta a casa esta noche nadie superaría sobrio la prueba de alcoholemia…
  • No te preocupes por eso. Disponemos de barra libre, albergue pagado y música salvaje hasta que salga el sol. Además, ¡no podemos despertar a los vecinos!

En la calle la humedad que había dejado la lluvia vespertina reverberaba sobre los adoquines todavía calientes de aquella aldea deshabitada.

  • ¿A quién se le habrá ocurrido montar aquí una discoteca?
  • No tengo ni idea. Pero desde que alguien tuvo la genial idea, esto no para de llenarse de gente cada fin de semana. ¡A eso le llamo yo, tener visión de futuro!

De pronto, en la semioscuridad del local, alguien encendió una bengala que hizo disparar el sistema contra incendios.

Algún espontáneo agradeció el gesto gritando a voz en cuello que estaban a punto de recibir agua bendita a través de las canalizaciones de aluminio perfectamente instaladas por todos los techos de la sala.

Las puertas de emergencia se cerraron. De los sifones de ducha contra incendios empezó a salir un gas letal que fue dejando sin oxígeno a todos los asistentes allí reunidos.

Al amanecer, el encargado de mantenimiento retiraba los cuerpos, los lastraba con pesos de cemento y los lanzaba al lago.

Cuando aceptó el puesto de jefe de mantenimiento en una empresa internacional de eventos, nunca imaginó que el servicio de transporte incluiría aquella dura responsabilidad.

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