Microrelatos

lanzadera

Foto: Susi Rodríguez

Foto: Susi Rodríguez

Después de acabar las clases matinales en la Universidad de Barcelona subía por las Ramblas hasta Plaza Catalunya. Un tren la llevaba hasta la estación de Bellaterra. Cambiába de andén y se subía a la lanzadera que la dejaba en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Recuerda los vagones climatizados atestados de estudiantes como ella. Caras anónimas. Apuntes subrallados. Carpetas abultadas. Nervios previos a un exámen.

El primer bibliotecario que conoció se llamaba Santi. Tenía unos dientes de conejo debajo de una nariz puntiaduda y una mata de pelo moreno y rizado que le formaba una especie de alcachofa en la cabeza.

Por sus gestos amanerados hubiera dicho que no tenía ningún interés en ella, pero se esforzó demasiado en dejarle claro que los becarios como ella eran lo peor de lo peor. Menos que un número. Menos que los muebles. Así que al final acabó pensando que le gustaba.

A ella le daba igual ser menos que nadie en aquellas dependencias universitarias que no se acababan nunca. A final de mes ganaría dinero trabajando en una biblioteca y sólo estaba en segundo curso de carrera. Estaba en el camino correcto.

Una chica muy dulce la ayudó a no perderse por aquellos pasillos interminables. Le enseñó dónde estaba el Bar, el lavabo, el almacén de revistas, la sala de tesis doctorales que tuvo que ordenar, el ascensor, las cajas para apilar duplicados de revistas, los cárdex donde se anotaban a mano todos los ejemplares de revista que llegaban a la biblioteca…

Le impresionaba el correo que llegaba, con publicaciones en muchos idiomas. Una hormiguita con unas gafas negras de pasta muy grandes repartía diligentemente cada carta a su destinatario. Cada libro a su estante para que empezara el proceso de forrado, sellado, colocación de las bandas magnéticas de seguridad, apuntado de cada título, autor, y pie de imprenta en el libro de registro.

Después las catalogadoras tenían discusiones sobre el criterio apropiado para describir con profesionalidad cada título. Descriptores, indicadores, thesaurus, encabezamientos de materia.

La más apreciada por su talento era la más experta. Su criterio se respetaba y se valoraba.

Cada punto, cada coma, cada espacio, cada claudátor, cada abreviatura de una descripción bibliográfica estaba controlada al máximo. No había margen de error ni discrecionalidad. Cada ficha era perfecta.

– ¡BFF!, ¡Yo nunca seré tan perfeccionista!

– “Eso es lo que tú te crees bonita!”, “cuando acabes de trabajar aquí serás igual que nosotras! y si no, al tiempo!”

– ¡Qué va! yo seré una bibliotecaria moderna. ¿Es que no veis que yo soy de otra generación?”

– “¡Ya veremos!”

Estándar
Microrelatos

Mujeres

Foto: Susi Rodríguez

Foto: Susi Rodríguez

Cogen la vida, le pasan tu mirada por encima, se rien de lo que haga falta aunque por dentro quisieran mejorar todo el mundo que las rodea…y siguen siendo el centro de tu família. El sitio seguro a donde todos se pueden acercar para sentir el calor único que desprenden.

Hacen un buen trabajo pero a veces se les olvida que no son perfectas, aunque lo intentan cada día porque resignarse a aceptar lo que no les gusta significaria morir por dentro.

Y se tragan los nervios, y les duele la cabeza pensando cómo van a hacer para no perder la alegría, la creatividad, la curiosidad, la chispa que mantiene su serenidad.

A veces tienen miedo de perderse en el olvido porque la inercia pesa por debajo y las obliga a levantarse porque sienten que no tienen derecho a quejarse.

Quisieran volar por encima de las nubes donde el sol cálido les acariciara el pelo y les diera paz.

Tienen otro día por delante para imaginar cómo lo van a lograr.

Estándar
Microrelatos

Lo mejor

Foto: Susi Rodríguez

Foto: Susi Rodríguez

La madre llena garrafas de agua mineral en una fuente situada al pie de la carretera principal que atraviesa el pueblo montañoso. La hermana mayor tiene la cabeza levantada sosteniendo la mirada a la cámara. Se la ve sudorosa y cansada con una pelota debajo del brazo y con un pie apoyado en la pared. El sol le da en la espalda y la luz le dibuja una fina línea blanca sobre la silueta de la cabeza. El pelo le cae brillante y un poco despeinado sobre los hombros.

Arrodillada sobre el pavimento y ajena al fotógrafo, su hermana dibuja corazones con una tiza blanca en el suelo. Lleva unos pantalones de pana de color lila y una camiseta amarilla de algodón con las mangas remangadas.

Los otros dos hermanitos están posando para la foto en las porterías del campo de fútbol que hay a pocos metros de la fuente.

Al otro lado de la carretera, buscando una panorámica que immortalice alquel día precioso, el padre intenta recomponer el puzle familiar que a veces se le desmonta en las manos por culpa de los momentos miserables en los que pierde el control. Y no soporta perder.

Estándar
Microrelatos

Inicio repentino

Foto: Susi Rodríguez

Foto: Susi Rodríguez

El primer recuerdo de Maria era el de una escuela en su pueblo natal. Tenía 6 años y se recuerda muy grande para hacer lo que hizo: se puso a llorar y a patalear para que su abuela no la dejara allí.

Tras varios intentos de apelar a la razón la maestra la cogió en volandas y la llevó al interior del aula, con los otros niños de su edad que también empezaban la escuela aquel día.

No miró a a nadie a la cara, no quiso escuchar lo que le decían, no levantó la vista del suelo en toda la mañana. Su amargura era tan desmesurada que no lograba articular una palabra sin sucumbir a un llanto inconsolable.

Era una niña buena, dulce, responsable, amable, cariñosa y respetuosa con los adultos, pero no pudo reprimir sus impulsos vitales cuando se dió cuenta de que la decisión de su abuela de dejarla en la escuela era inapelable.

Atrás quedaron aquellas mañanas de invierno entre las sábanas blancas de la cama de sus abuelos, los desayunos tranquilos en la mesa de la cocina, las radionovelas, el baul de los recuerdos del cuarto de los trastos, de dónde salían ropas de otros tiempos y cortinas que ella convertía en disfraces, las tortitas de masa de pan, las cabañas de trapo que construía entre los barrotes de las sillas del comedor, los juegos del escondite detrás de la vieja estufa de leña, las confesiones de los adultos con medias palabras para que no se enteraran los niños.

Allí quedaba toda su seguridad y su mundo. Y ella, abandonada al desconsuelo profundo, dejó allí todas las ilusiones perdidas pensando en la manera de alargar su infancia hasta la eternidad.

Estándar
Microrelatos

Leña

Foto: Susi Rodríguez

Foto: Susi Rodríguez

Eran las 10 de la noche. María se había quedado medio adormilada acurrucada en el sofá. Por la tele estaban haciendo un programa-concurso muy famoso que reunía a las familias alrededor de la tele.

Llevaba puesto un pijama de algodón con un estampado de flores rojas que le iba un poco grande porque era de su hermana mayor. A su lado, sus dos hermanos pequeños discutían por quedarse con la manta del osito. No se ponían de acuerdo porque los dos decían que era suya.

El sonido de la llave en la cerradura de la puerta los sobresaltó a todos. Se pusieron tensos de golpe. No sabían si hacerse los dormidos en el sofá de cuero rojo o salir corriendo a esconderse en la habitación que compartían los cuatro. Pero ya era demasiado tarde. Su padre había entrado por la puerta escupiendo culebras por la boca y tambaleándose, había llegado hasta el comedor.

Se quedó mirándolos con los ojos entornados. Tenía una mueca de desprecio en la boca que pretendía ser una sonrisa sarcástica. Y como siempre que llegaba a casa en aquel estado lamentable, empezó a insultar a los niños con el pretexto de que era demasiado tarde para estar aún levantados. Pero no importaba el pretexto. Podía haber sido que la casa estaba desordenada, que los juguetes estaban tirados por el suelo, que la mesa no estaba recogida, que esas no eran horas de hacer deberes, que estaban riendo, que estaban llorando o que estaban demasiado quietos.

Después de la excusa para empezar a pelear empezaba con los insultos verbales.

Y finalmente se abalanzaba sobre ellos con la fuerza desbordada de un huracán y con los puños cerrados les pegaba a ciegas si ningún escrúpulo.

María perdió aquel día sus dos incisivos antes que a cualquier otro niño de su clase se le hubiera caído ninguna pieza dental. Su hermano pequeño quedó inconsciente con el cuerpo inherte sobre los brazos de su hermana mayor, que tuvo la intuición de meterlo en el lavadero bajo el agua fría hasta que recuperó el sentido.

Ajena a todo, su madre hacía turno de noche en la fábrica del pueblo vecino. Cogía un autobús a las ocho y media de la tarde y volvía con las primeras luces del alba. Esa madrugada encontró a sus 4 hijos immersos en lo que ella creyó un sueño plácido, pero cuando se acercó a ellos para darles un beso de buenos días, un grito aterrador le desgarró las entrañas y se le escapó por la boca a destiempo.

María no recuerda casi nada de cuando era pequeña pero ese día fue distinto porque su padre le dejó tantos morados que no se reconocía ante el espejo. Guarda en la memoria la cara de horror con la que la miraban las vecinas del barrio al verla. Algunas lloraban, o se llevaban la mano a la boca para esconder su sorpresa.

Su madre les explicó que su padre estaba muy arrepentido, que tenían que perdonarlo, que se le había ido la mano pero que le había jurado por Dios que no lo volvería a hacer, que les quería mucho pero que había tenido una infancia muy mala y que por eso bebía tanto y perdía la cabeza pero que era un buen hombre y que ellos eran su razón de vivir.

Aquella semana fue muy especial porque su padre, en un gesto de debilidad le había dado un abrazo a María y le había acariciado el pelo. Y ella, no necesitaba nada más en el mundo para ser feliz.

Estándar
Microrelatos

Libros

DSC_0009Tiene los ojos muy abiertos. En sus pupilas se adivina la confusión y el vacío. Está completamente perdida.

Su marido la mira condescendiente con una sonrisa de cariño y  preocupación.

Escucha su voz que le dice:

-¿Qué te pasa? Ei! ¿Qué ocure?

– ¿te has quedado dormida?

– ¿Estás bien?

Pero ella no puede contestar. Está paralizada. A su mente acude la imagen de su abuela en la última etapa del Alzheimer.

¿Dónde estoy?,  ¿Qué me pasa?, ¿Porqué tengo miedo?,  ¿Qué clase de amnesia me impide hablar?

Le cuesta fijar la mirada en un punto. El corazón le late desesperado y sus manos temblorosas la están asustando.

Se levanta de un salto de la cama. Se arregla para ir a trabajar. Baja la escalera de su casa con el paso firme y decidido de la otra persona que la habita.

Desde la torre más alta de su palacio silencioso de libros se puede ver la eternidad.

Estándar
Microrelatos

Soledad

Foto: Susi Rodríguez

Foto: Susi Rodríguez

– Hola, pasa! Me alegro de verte! siéntate y nos tomamos algo.

– No puedo, tengo prisa. Me quedaré un minuto.
– Un minuto?
– Es que tengo muchas cosas que hacer!
– Vale, no te preocupes
– Cóm te encuentras?
– Bueno.. he estado mejor.
– Es que no te entiendo. Ves estos atardeceres preciosos cada día desde tu ventana. Oyes el canto de los pájaros por las mañanas. La vida te sonríe y no te das cuenta de que ya lo tienes todo.
– …
– Eres una persona genial. En serio, tendrías que valorarte más!
– …
– Tengo que irme. Ya nos veremos!
– Gracias por venir!
– De nada. Para eso están los amigos!
– …  😀
– Tienes una sonrisa preciosa!
Estándar